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Historia del Cine Dominicano 
 

Cineastas de la diáspora

Dentro del panorama del cine dominicano hay un aspecto que cubre  a aquellos directores y realizadores de cine de República Dominicana que cursaron estudios de cinematografía en el exterior, donde lograron sus primeros trabajos fílmicos. Entre aquellos que asumieron su oficio fuera del círculo de los caprichos de los dominicanos de intentar hacer cine en el pedregoso terreno nacional, cabe destacar la labor de Oscar Antonio Torres de Soto, de madre dominicana, quien naciera en Guantánamo, Cuba el 5 de noviembre de 1931 y falleciera en San Juan, Puerto Rico en 1968. Oscar Torres fue uno de los primeros antillanos en recibir instrucción formal en cinematografía, especializado en el Centro Sperimentale di Cinematografia en Roma durante la década de los años 50.

En Puerto Rico trabajó con la División de Educación de la Comunidad (DIVEDCO) donde dirije los cortos Nenén de la ruta mora (1955), Qué opina la mujer (1956), Olas y arenas (1958), el documental. La ronda incompleta (1960) y el filme El yugo (1959). En Cuba colaboró con el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).  Con este instituto realizó el documental Tierra olvidada (1959) y en 1961 escribe y dirige el guión de Realengo 18, que se basa en los episodios de la rebelión de los campesinos en las montañas de la Zona Oriental de Cuba en 1934.  Otro de los dominicanos que iniciaron su trayectoria fuera del contorno nacional fue el santiagués Jean Louis Jorge, que ganó el Gran Premio del Festival de Toulon, Francia (1973),  con su película La serpiente de la luna de los piratas y en 1976 representa a Francia en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes de ese año, con su película Melodrama. Este director y guionista dominicano, graduado en producción y dirección cinematográfica en la Universidad de California, Los Angeles (UCLA), dirigió teatro y realizó documentales culturales y turísticos y para los más destacados artistas dominicanos, creó y produjo videoclips, algunos merecedores de premios.

Como referencias formales también están aquellos cineastas que iniciaron nuestra diáspora como son Adelso Cass, con una Maestría en Artes Mención Cine en la Universidad de Moscú que, cuando regresó al país en 1978, trajo consigo su trabajo Miss Smile; José Vásquez Grin, egresado de la universidad de Moscú, también trajo tres cortos académicos de ficción titulados Jimmy (1983), Catalepsia (1985) y El silencio (1986) y Winston Vargas, con formación en los Estados Unidos, presentó a finales de los años setenta su documental titulado Washington Heights.

Estos primeros cineastas que lanzaron la tabla, han servido de referencias iniciales al momento de abordar este tema, corriente que en los años sucesivos empezó a cambiar hacia mayores iniciativas en el campo. En la segunda mitad de los noventa otra señal de iniciativas de dominicanos en el exterior se empezó a manifestar, ahora con cinematografías nuevas y refrescantes, que si bien o mal no alcanzan la perfección técnica, sí aportan perspectivas diferentes a un mercado incipiente en el que se destacan las buenas intenciones. 

Virtudes y defectos en el mercado estadounidense 

La emigración de los años ochenta hacia los Estados Unidos conformó una generación de dominicanos que empezó a asumir la cultura norteamericana con tintes de las películas de Schwarzenegger, Stallone y Bruce Willis. Ellos, unidos a sus tradiciones criollas en sectores de Providence, Brooklyn, Rhode Island y Washington Heights, conformaron una visión de sus virtudes y defectos que empezaron a plasmar dentro de un cine independiente, lejos de los márgenes de la industria hollywoodense y remitiéndose al ghetto dominicano de la ciudad de New York, aunque con la esperanza de traspasar los límites del mercado y distribuirla en la mayoría de las localidades de exhibición en los Estados Unidos.

Pero el aprovechamiento de ciertas condiciones del mercado de distribución todavía no ha provocado un verdadero empuje para que los productos de los criollos puedan ser vistos por el público norteamericano, aunque cada vez crezca el acercamiento. Así el cine hecho por dominicanos en New York ha tomado como primer motivo el relato del inmigrante, como tema central, convirtiéndose en la mejor materia prima para retratar la realidad del dominicano en esa urbe y en la otra visión del cine dominicano.

Buscando un sueño (J. Medina, 1997), se convirtió en el primer balbuceo cinematográfico como un intento de reflejar una historia conjugada en la tónica del drama, sobre las perspectivas de dos jóvenes dominicanos que buscan una forma de llegar a completar los sueños de su niñez.

La cámara de Medina se aproxima a sustentar visualmente esta realidad, que bajo el apoyo del argumento, recrea una historia con buen rigor estético y cinematográfico, aderezado por un conjunto de música caribeña y por un desfile de artistas muy conocidos en la comunidad dominicana en New York.

La importancia que puede tener este filme es que se convirtió en un empuje de unos cineastas que han puesto en evidencia a esta comunidad para lograr un producto fílmico de competencia dentro de la industria y de frente a otras producciones que se realizan en Estados Unidos. Los intentos de seguir estableciendo parámetros logísticos en el cine de la diáspora dominicana en los Estados Unidos, llevaron a otro realizador a concretar su proyecto en una cinta sin los prejuicios que siempre se hacen hacia el cine de bajo presupuesto. Sin embargo, al hablar de cine independiente dominicano, la visión es totalmente diferente a la realidad estadounidense, aunque ciertas características de producción los unan. Nelson Peña, director-escritor; Frank Molina, productor-actor; Rafael Decena, actor y José Cruz, técnico, estuvieron trabajando por más de un año y con un presupuesto de 10,000 dólares, para rodar un filme –realizado en 16 milímetros y luego transferido a 35 mm-, titulado El círculo vicioso (1999). Una historia sobre un personaje que desea rehacer su vida fuera de todo ese universo de violencia, a pesar de su amargo destino dentro de los bemoles de este tipo de negocio. Peña hace uso de una impresionante capacidad resolutiva que colocó su talento como una de las revelaciones jóvenes dentro del mercado cinematográfico.

Después de un proceso de búsqueda de recursos financieros, Juan Guillén pudo realizar su primera película, A Madness in Brooklyn (1988), historia ambientada en una barbería y que relata la vida de varios personajes que se confrontan en este espacio y resumen la visión de la latinidad comprometida y las nostalgias de las raíces.

En el caso de Albert Xavier, nacido en Salcedo, República Dominicana, su visión del cine hecho en los Estados Unidos responde a las mismas características de los demás que se han lanzado al ruedo: conquistar público y seguir realizando cine sin importar las precariedades en el proceso. Albert Xavier, graduado de la Universidad de Nueva York, adquirió reconocimiento por su trabajo como director de Pasaporte rojo (2003), la historia de un falsificador profesional que, después de cumplir 10 de los 25 años de condena en una prisión de  Nueva York, vuelve con intenciones de reanudar su vida como padre con su única hija.

Con las mismas iniciativas otro dominicano, residente en el estado de Colorado, Estados Unidos, asumió los mismos riesgos al realizar un filme. Carlos Bidó, formado en el American Film Institute de Hollywood, quien luego de probar con cortometrajes y cine comercial decide realizar su propia película para el cine, para lo cual duró cuatro años escribiendo y perfeccionando su historia. Así Testigo ilegal (2003) se convirtió en su carta de presentación y con este filme trata de contar las vicisitudes de un joven inmigrante que, al tratar de cruzar la frontera hacia los Estados Unidos desde México, es testigo de un asesinato cometido por un oficial de la patrulla fronteriza en contra de dos inmigrantes mexicanos. Pero en una maniobra del oficial de frontera, el joven testigo es acusado de cometer el crimen.

Después de haber realizado el corto premiado titulado Víctor (1995), Freddy Vargas también se encuentra entre aquellos talentos que cada vez se involucran en los mecanismos de la industria fílmica norteamericana. Entre sus otros puntos importantes en su carrera se cuentan el haber escrito y dirigido Rice & Beans  (2001). Su debut como director de su primer largometraje viene con la pieza Nostalgia de la nada (2005). Otro dominicano que ha puesto su nota en el difícil mundo de Hollywood es Jessey Terrero. De padres dominicanos y nacido y criado en New York, Jessey logró que su cortometraje The Clinic (2002) llegara a participar en el prestigioso festival de Sundance, después de haber realizado una treintena de videoclips. Pero, aparte de este escalón, Jessey se ha convertido en el primer dominicano en dirigir una película para uno de los grandes estudios hollywoodenses como es la Metro Goldwin Mayer. Esta productora le confió un presupuesto de 20 millones de dólares para dirigir Soul Plane (2004), una fuerte carta de presentación que este realizador jugó.

Dentro del campo de la producción se encuentra Jaime Piña, uno de los más talentosos y de mayor experiencia. Iniciado en el periplo criollo, Piña adquirió sus primeras experiencias en la producción del filme Pantaleón y las visitadoras (M. Vargas Llosa, 1975) rodado en República Dominicana. Luego funda la empresa Cinema Dominicana, una subsidiaria de la Paramount Pictures, y se inserta en una serie de producciones tanto hollywoodenses como independientes rodadas en el país. Después de unirse a la realización de varios comerciales para importantes empresas estadounidenses, Piña se coloca como codirector en el filme Buscando un sueño (Joseph Medina, 1997) y en la coproducción Azúcar amargo (L. Ichaso, 1999). En el 2004 su experiencia lo trae nuevamente a República Dominicana como productor de línea para el debut como director de Andy García en el filme The Lost City.

Dentro de esta pléyade de cineastas se encuentra Eddy Durán que comenzó su carrera como productor público de televisión. Durán y un equipo de jóvenes realizaron Stone Cold Killers (2004), una producción que implica el vicio de buscar las oportunidades sin tomar los riesgos violentos que esto conlleva. En el 2005 estrenó en la edición de LaCinemaFe en la ciudad de Nueva York, su segundo largometraje titulado Grand Opening, una desenfrenada comedia  sobre una familia que se prepara para la apertura de un supermercado. Otros como Ángel Vásquez y Haffe Acosta también han podido desarrollarse dentro del mercado estadounidense independiente con dos títulos realizados en formato digital y distribuido a través de la comercialización directa de sus películas en lugares públicos y universidades. El entregao (2004) y Caras crónicas (2004) abogan por el tema de los jóvenes que se resisten al encierro social.

Dentro de este mismo plano, pero quizás con otras fórmulas de escape, se encuentra Ramón Herrera, que en el mes de marzo del 2004 presentó su largometraje titulado Salsa Blood en The Latin Film Festival of New Jersey (Festívala).

Entre los demás cineastas jóvenes de la diáspora se encuentra Hiram Martínez, nativo de Santiago de los Caballeros y quien se radicó en los Estados Unidos hace varios años, saltó al reconocimiento con su película Four Dead Batteries (2004), ganadora del primer lugar en el Festival de Cine Selección de Directores Aficionados.

Dos jóvenes cineastas dominicanas radicadas en los Estados Unidos que también han iniciado su periplo en el cine, mientras tanto en la zona del cortometraje, han sido Yessenia Pérez con su corto Dress of Yesterday (2000) y Betty García con Firecracker (2000), dos mujeres que también están haciendo su espacio dentro de este grupo de la diáspora dominicana en el extranjero.

De esta manera el cine de la diáspora, -en su parte fundamental-, se ha convertido en un cine dominicano de encierro temático, una trampa de unos que buscan otras formas de vida, pero que no se resisten a dejar el tema de las drogas, la criminalidad y la falta de estímulos. Al hablar de ese mundo que los rodea no dejan más espacios para el examen reflexivo de encontrar una salida favorable a esas ganas de seguir haciendo cine. Quizás la revelación de las generaciones posteriores obligará a encontrar la forma más conveniente hacia la vía de escape.  


FÉLIX MANUEL LORA

 


 
 
1. El cine Dominicano
2. Los primeros documentalistas nacionales
3. Las primeras intenciones del cortometraje
4. Cineastas de la diáspora
5. Desarrollo fílmico-industrial
en la República Dominicana 
6. Cine extranjero en R.D.
7. El cine-forum y cine-clubes
8. Empresarios del cine

     
 
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